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OIMAKU del baño en la fiesta Erasmus

OIMAKU de la fiesta de despedida de una compañeras italiana de Erasmus. Fue en la playa de la Barceloneta, una noche de verano. La gente charlaba, bebía, reía, pero nadie se bañaba. “¿Qué coño pasa que nadie se baña?” me decía D. Finalmente, harto de esperar, me preguntó si me echaba un chapuzón con él, para no ir solo, y al agua que nos fuimos. Estuvimos un rato chapoteando no muy lejos de la orilla, refrescándonos. Cuando salíamos D. volvió a repetirme: “Qué buena está. No está nada fría. ¿Qué coño pasa que nadie se baña?”. En ese momento, empapados de arriba abajo, vimos cómo un par de Erasmus borrachos dibujaban poderosas parábolas de orina sobre la orilla. Ahí teníamos nuestra respuesta.

OIMAKU de las patillas de R.

OIMAKU de las patillas enormes que se dejó el hermano de A. Supongo que por aquella época él estaba en la universidad y su hermano y yo íbamos todavía al instituto. Tengo su imagen grabada, de pie en su dormitorio, tal vez frente a un espejo, exclamando “Qué curras más guapas” mientras se las acaricia con una sonrisa de oreja a oreja. Ahora está casado, tiene dos hijos y va perfectamente afeitado. Cada época tiene sus logros.

OIMAKU de la primera amistad perdida

OIMAKU de la primera amistad perdida de la universidad. M. y T. lo conocieron antes que yo y, según dicen, lo habían ido puliendo durante los años. Lo cierto es que era basto, irrespetuoso, pedante y egoísta, cosa que me hace temblar al pensar cómo era en el pasado. Recuerdo que el momento en el que pensé “basta” fue tras una de nuestras discusiones políticas en las que menospreció de manera directa no sólo mis ideas sino mi persona. A partir de entonces fue una caída libre hacia el ignorarle por completo. Una de las últimas veces que le vi coincidimos en el tren de vuelta a casa, como tantas veces, y no pude evitar abrir mi libro de Stephenson mientras le decía algo así como “es que está muy interesante” y procedía a pasar de él durante los 40 minutos que estuvo sentado delante mío. Cada vez que ellas dicen “podríamos quedar con él, a ver qué dice”, tiemblo.

OIMAKU del comienzo de nuestra amistad

OIMAKU del principio de mi amistad con T. Hacía pocos meses que nos sentábamos juntas en clase e intercambiábamos pedanterías y libros de vampiros, cuando un día, out of the blue, me miró de reojo en una clase y me soltó: “Ala, qué gracia, ¡tú también tienes este diente torcido como yo!”. Ante mi cara de alucine, sólo se le ocurrió añadir: “¿Qué pasa? Estas cosas son las que unen en una amistad.” Más bien son estas salidas las que fomentaron nuestra amistad, querida.

OIMAKU de los apuntes

OIMAKU de los apuntes de T. y de su letra. Sobre todo de su mala letra, y de cómo la gente se quedaba horrorizada al verme estudiar esas fotocopias llenas de símbolos que parecían código morse. La cosa se agravaba si encima estaba estudiando paleografía. Y, por cierto, el profesor de tan insigne asignatura era el único que no podía quejarse de la letra en los exámenes de T. Sin embargo, el tener que descifrar esa letra antes de poder estudiar hacía que se me quedasen las cosas antes, por repetir las mismas frases una y otra vez. ¡Ay, cuánto le debo a los apuntes de T.!

OIMAKU del examen de Literatura Medieval

OIMAKU de mi primer examen de Literatura Medieval en la Universidad. Había una parte teórica y otra práctica. Para la segunda parte, el profesor, describámoslo como un tipo relajado, se levantó de su asiento con el fardo de folios de las respuestas teóricas bajo el brazo y, explicándonos que iba a su despacho y que luego volvería a por las respuestas, se marchó. Añadió, antes de dejar el aula, que podíamos ir a la biblioteca a consultar cualquier manual. Sin problema. Todo el mundo empezó a murmurar y, luego, a hablar, una vez que ya no estaba. Yo me puse nerviosísimo ante aquella situación. ¿Era aquello una prueba para ver quienes copiaban y quienes no? No entendía nada. De tantos nervios que acumulé, acabé haciendo un comentario de texto nefasto. Y suspendí.