Archivo de la etiqueta: tren

OIMAKU del muerto en el tren

OIMAKU de un tipo que me encontré un lunes por la mañana en el tren que iba a la universidad. Era grande, tendría unos veintipico o treinta años y parecía haberse quedado grogui en uno de los asientos del fondo del vagón. Todo su cuerpo se apoyaba contra el respaldo y el reposabrazos en una postura muy incómoda. Tenía la cabeza recostada sobre el hombro y la boca abierta. La estación era final de trayecto, así que consideré oportuno despertarlo antes de que el tren partiese y lo hiciera desandar camino. Para no asustarle, lo avisé con voz suave pero no respondió. Me acerqué y volví a intentarlo. Lo llamé más fuerte. Nada. Llegué a gritarle un poco. Estaba a escasos centímetros de él cuando me giré y vi a todos los pasajeros mirándonos en silencio, entre expectantes y acojonados. ¿Estaba muerto? No movía ni un músculo, no daba la impresión de respirar. Empecé a acercar la mano muy lentamente hacia su rostro. Sentía los ojos del resto clavados en mi nuca. Parecía una estatua, joder. Tenía el miedo en el cuerpo y un extraño orgullo heroico. ¿Estaba a punto de tocar un cadáver? Llegué a imaginar que venía la policía y me interrogaba. Le di dos cachetes en la mejilla. El tipo levantó la cabeza sin poder despegar los párpados, desorientado, cabeceando de izquierda a derecha. Se puso en pie como un perro de caza que ha oído la presa y salió del vagón rígido como un zombi, empujando a todo el mundo. Ni gracias ni pollas. Llevaba un colocón de aúpa. Los demás viajeros ya había empezado a sentarse antes de que yo pudiera levantarme del suelo.

OIMAKU de la conversación en francés sobre los vagabundos

OIMAKU de la conversación que tuve con un chaval francés en un tren hacia Barcelona. No sé cómo, habíamos empezado a hablar en la estación. Yo, que me creía que hablaba muy bien el francés, escuchaba estupefacto lo que me decía el tipo. Según él, en su país no había vagabundos por las calles, que si la policía los veía, los arrestaba; por los gestos, entendí que si eran inmigrantes también los deportaban. Él alucinaba cuando veía que en España los polis pasaban frente a los indigentes sin hacer nada. Le contesté que prefería que no hicieran nada antes que expulsarlos o meterlos entre rejas. Le enfadó mi respuesta y, enérgico, empezó a defender su postura: la pasividad de nuestras fuerzas del orden era una vergüenza. Yo no entendía a qué venía tanta vehemencia ni por qué le molestaba tanto que hubiera pobres pidiendo por las calles. Más aún, siendo él negro, me resultara incomprensible que quisiera expulsar a todos los inmigrantes. Sus palabras me irritaban. Lo tomé por un gilipollas clasista de mierda. Sin embargo, después de una larga discusión, descubrí que lo que hacían en Francia era llevarlos a albergues para que no se murieran de frío, y no a la cárcel; que lo que él quería era que en España no les dejáramos que se pudrieran en las aceras. Ya me extrañaba a mí que en España fuéramos más civilizados que en Francia, y que yo entendiera tan bien el francés.

OIMAKU de las tetas de M.

OIMAKU de las tetas de M., de cómo, mucho tiempo después, en la estación de Sabadell de la carretera Barcelona, sentado yo en el vagón, las vi pasar  por el andén y pensé “menudo par de tetas”, no “menudos pechos” o “melones”, no, “menudo par de tetas”, de “tetazas”, y levanté la vista y vi que ahí detrás iba ella, detrás de aquellas tetas descomunales y lúbricas que habían desbordado muchas noches de mi adolescencia