Archivo de la etiqueta: t.

OIMAKU de la borrachera en el Karma

OIMAKU de la borrachera con licor 43 del Karma: las luces azules, T., las tetas, arrimarse, los demás como satélites en los que ni reparaba, la música que me ponía high sin recordar qué sonaba, bailar… en fin, esas cosas. Aunque creo que el local era una mierda. No he vuelto a ir jamás. Creo que techno o algo así. No sé. Estoy algo piripi.

OIMAKU del primer beso con T.

OIMAKU de la primera vez que besé a T., junto a su coche y en mitad de un descampado horrible donde se escuchaba la música apopléjica de las discotecas. El beso me salió fatal y estaba destrozado por dentro, por la torpeza, por el miedo, por el frío y la vergüenza. Ella, tranquila, sonriente, me pasó los brazos por el cuello y me dijo: “Repitámoslo”, y el beso quedó bordado.

OIMAKU del “tot s’ha fet gran”

OIMAKU de la abuela de T., de visita como nosotros en el hospital, sentada en una silla, junto a la ventana desde donde se veía una puesta de sol espléndida, el cielo rojo como si el día lo exprimiera por completo, diciendo para sus adentros pero, en realidad, a todos los que estábamos en la sala: “Sabadell s’ha fet gran. Setmenat s’ha fet gran. Tot s’ha fet gran. No sé què passa!”.

OIMAKU del comienzo de nuestra amistad

OIMAKU del principio de mi amistad con T. Hacía pocos meses que nos sentábamos juntas en clase e intercambiábamos pedanterías y libros de vampiros, cuando un día, out of the blue, me miró de reojo en una clase y me soltó: “Ala, qué gracia, ¡tú también tienes este diente torcido como yo!”. Ante mi cara de alucine, sólo se le ocurrió añadir: “¿Qué pasa? Estas cosas son las que unen en una amistad.” Más bien son estas salidas las que fomentaron nuestra amistad, querida.

OIMAKU de la claraboya de Southampton

OIMAKU del piso de Southampton, donde viví con T. Era un adosado pequeño entre dos apartamentos cuya sala de estar recibía luz a través de la claraboya. Ésta hacía que la habitación fuera muy luminosa y que, cuando llovía, se escucharan las gotas golpear de manera triste, unas veces, de manera relajante, otras. Podía abrirse para que entrara el aire y así poder aliviar el calor de los días de primavera, pero no podía taparse. Así, cuando venían visitas y, por falta de espacio, debían dormir en la sala sobre una cama inflable, el sol de la mañana los despertaba. Cuando estrenamos el colchón, T. y yo nos quisimos dormir viendo el cielo estrellado a través de la claraboya, pero sólo vimos nuestros reflejos en el cristal, recortados en la oscuridad de la noche.