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OIMAKU del olor a mamá

OIMAKU del olor a mamá, o de lo que yo asociaba de pequeño al olor a mamá. Era la fragancia de la ropa recién lavada. Las sábanas, los jerseys, las camisas, las toallas, todo salía de la lavadora con un aroma fresco y relajante. Me encantaba. Tanto que, siendo sincero, en más de una ocasión estuve tentado de meterme un trozo de colcha en la boca, de comérmelo, devorarlo. Ya emancipado, sacaba mi ropa del tambor y no olía igual. Creía que era porque faltaba el toque especial de mi madre. Sin embargo, la terrible verdad, la mefistofélica y espeluznante verdad, es que el olor de mi madre no era otro que el de Mimosín, cacitos y cacitos de Mimosín. Con mi sueldo, sólo compraba la marca blanca del Dia y soñaba, poética pero devastadoramente engañado, con un olor materno ubicado, en realidad, dos baldas más allá, tres veces más caro.

OIMAKU del “au revoir” de Cantona

OIMAKU de aquel anuncio de Nike en el que los mejores futbolistas (o los más guays) del momento se enfrentaban a las fuerzas del mal en el Coliseo de Roma. Los futbolistas tenían que hacer frente al juego sucio de los demonios y parecía que era imposible ganar. Acababan, finalmente, sacando todo su talento para marcar el gol de la victoria.  El público alucinó porque parecía el tráiler de una película. Sin embargo, de todas aquellas cabriolas y efectos especiales, lo que realmente caló fue el apoteósico final en que Éric Cantona, el zumbado de Cantona, se levantaba la solapa y musitaba un “Au revoir” que se grabó a fuego en la memoria colectiva como el “Sayonara, baby” de Terminator. Se levantaba la solapa, decía adiós y destrozaba de un chut al diablo que custodiaba la portería con las alas extendidas. Brutal.