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OIMAKU del Morris

OIMAKU del primer coche de mi padre, un Morris Mini Minor. Él se cabreaba horrores cuando no funcionaba y le daba patadas de rabia, pero la chapa era tan dura que mi padre se hacia daño en el pie y la carrocería ni se abollaba. Era pequeño y de color verde, y sólo tenía dos puertas. Nos recuerdo a mi madre y a mí, asomados a la ventana de la cocina, apenados como si asistiéramos a una marcha fúnebre, contemplando cómo la grúa se lo llevaba al desguace para siempre. Ninguno de sus sucesores aguanto con tal entereza las coces de mi padre.

OIMAKU del comienzo de nuestra amistad

OIMAKU del principio de mi amistad con T. Hacía pocos meses que nos sentábamos juntas en clase e intercambiábamos pedanterías y libros de vampiros, cuando un día, out of the blue, me miró de reojo en una clase y me soltó: “Ala, qué gracia, ¡tú también tienes este diente torcido como yo!”. Ante mi cara de alucine, sólo se le ocurrió añadir: “¿Qué pasa? Estas cosas son las que unen en una amistad.” Más bien son estas salidas las que fomentaron nuestra amistad, querida.

OIMAKU de mi primer ordenador

OIMAKU del primer ordenador que tuve. Me aprendí de memoria sus características, que más bien parecían un título nobiliario: 486 DX2 con un disco duro de 400 megas y 4 megas de memoria RAM con pantalla super VGA de vetetúasaber. Eso era lo que había entonces. Mi amigo A., con un 386 con pantalla monocromo verde, flipaba. ¡Flipaba! 400 megas de disco duro, dios… Aún lo conservo, guardado en un CD.