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OIMAKU del sueño del concurso radical

OIMAKU de un sueño que tuve. Estaba en casa de mi padre, aunque no era su casa real. Era otra que en el sueño yo consideraba su casa. Estábamos en el salón en penumbra, iluminados por la tele, y él me preguntaba si había visto el nuevo programa de la madrugada. Le contestaba que no y él me lo explicaba. Lo conducía Nacho Sierra, el ciudador de animales, pero nos referíamos a él como Nacho Vidal por una de esas tergiversaciones de los sueños, supongo que por no acordarme del nombre. El concurso trataba de que un hombre, joven o maduro, iba a participar con su novia y Nacho Sierra, el presentador, venía con su perro, un dogo alemán de color pardo con orejas en punta. Al final del programa, Nacho Sierra conseguía que el concursante prefiriera tirarse al perro antes que a su novia, en directo y frente las cámaras. El que resistía, ganaba. Cuando le preguntaba a mi padre cómo nadie podía hacerte cambiar a tu novia por un chucho y, encima, follártelo, me contestaba, mirándome con pasmo a causa de mi virulenta reacción, que los canes del programa parecían violentos pero que en realidad eran muy mansos. En ese momento, me fijaba que mi padre acariciaba un dogo alemán y comprendía que nadie había conseguido ni conseguiría jamás ganar aquel maldito concurso. Me desperté asqueado y aterrorizado al mismo tiempo, consciente de que mi pesadilla todavía podía hacerse telerrealidad.

OIMAKU de la pesadilla del hombre que explota

OIMAKU de la pesadilla recurrente que tenía de pequeño en la que un tipo con frac iba a un restaurante muy elegante y empezaba a comer y a comer de manera pantagruélica hasta acabar estallando, esparciendo todas sus vísceras por el local. Me obsesionaba. Sólo veía a aquel tipo asqueroso comer y comer. Ya de mayor, sin acosarme los malos sueños, seguí recordando la escena sin conocer su origen, llegando a creer si acaso no la había creado mi imaginación. No fue hasta tiempo después, en la universidad, que descubrí que aquella imagen que me había atormentado la infancia pertenecía a El sentido de la vida de los Monty Python, una comedia que me había hecho pasar infinitos malos ratos.

OIMAKU del videoclip de Another Brick in the Wall

OIMAKU de los dibujos animados del videoclip Another Brick in the Wall de Pink Floyd. Los tengo grabados porque, antes de saber que existía ese grupo, pasaron el videoclip por la tele y, al ver yo dibujitos, me puse a verlos. Pero recuerdo la sensación horrible de estar viendo aquel muro gris infinito, aquellos martillos rojos gigantes caminando amenazadoramente como las escobas de Fantasía de Disney y aquel tipo inmenso triturando gente. Fue una visión desasosegante que me provocó más de una pesadilla.