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OIMAKU de las ensaladas de mi padre

OIMAKU de las ensaladas que empezó a hacerse mi padre cuando decidió hacer dieta. En una ensaladera juntaba lechuga, escarola, tomate, zanahoria, maíz, manzana, cebolla, remolacha, picatostes, taquitos de queso, jamón o bacon, su buen chorro de aceite de oliva, vinagre de Módena, orégano y sal. Se las comía de una sentada. Al cabo de una semana se quejaba: “¡Pero cómo puede ser que engorde si sólo como ensalada!”.

OIMAKU de la manía de mi padre con el cambio horario

OIMAKU de una desquiciadora manía de mi padre con el tiempo. En marzo y octubre, cuando se pasa del horario de verano al de invierno y viceversa, suele pasarse dos semanas como mínimo dando la hora actual y la anterior. Siempre dice “Son las diez”, y seguido añade, “que en realidad son las once”, en el caso que fuera otoño. Se puede intentar razonar con él y que diga que, efectivamente, es una manía, pero esas dos semanitas no se las quita nadie.

OIMAKU del sueño del concurso radical

OIMAKU de un sueño que tuve. Estaba en casa de mi padre, aunque no era su casa real. Era otra que en el sueño yo consideraba su casa. Estábamos en el salón en penumbra, iluminados por la tele, y él me preguntaba si había visto el nuevo programa de la madrugada. Le contestaba que no y él me lo explicaba. Lo conducía Nacho Sierra, el ciudador de animales, pero nos referíamos a él como Nacho Vidal por una de esas tergiversaciones de los sueños, supongo que por no acordarme del nombre. El concurso trataba de que un hombre, joven o maduro, iba a participar con su novia y Nacho Sierra, el presentador, venía con su perro, un dogo alemán de color pardo con orejas en punta. Al final del programa, Nacho Sierra conseguía que el concursante prefiriera tirarse al perro antes que a su novia, en directo y frente las cámaras. El que resistía, ganaba. Cuando le preguntaba a mi padre cómo nadie podía hacerte cambiar a tu novia por un chucho y, encima, follártelo, me contestaba, mirándome con pasmo a causa de mi virulenta reacción, que los canes del programa parecían violentos pero que en realidad eran muy mansos. En ese momento, me fijaba que mi padre acariciaba un dogo alemán y comprendía que nadie había conseguido ni conseguiría jamás ganar aquel maldito concurso. Me desperté asqueado y aterrorizado al mismo tiempo, consciente de que mi pesadilla todavía podía hacerse telerrealidad.

OIMAKU del Morris

OIMAKU del primer coche de mi padre, un Morris Mini Minor. Él se cabreaba horrores cuando no funcionaba y le daba patadas de rabia, pero la chapa era tan dura que mi padre se hacia daño en el pie y la carrocería ni se abollaba. Era pequeño y de color verde, y sólo tenía dos puertas. Nos recuerdo a mi madre y a mí, asomados a la ventana de la cocina, apenados como si asistiéramos a una marcha fúnebre, contemplando cómo la grúa se lo llevaba al desguace para siempre. Ninguno de sus sucesores aguanto con tal entereza las coces de mi padre.

OIMAKU del libro de mi cumpleaños

OIMAKU de aquella novela que vi de pequeño en el expositor de la librería del barrio y que me enamoró. En la portada había dos personajes jugando al ajedrez. Debía de ser un cuadro del siglo XVI o XVII por la ropa que vestían. El suelo era de damero, como en las pinturas de Vermeer. Yo lo quería pero no tenía dinero. Esperé como un mes, tiempo exasperantemente largo para un niño, hasta el día de mi cumpleaños, cuando mis padres me dieron dinero para que pudiera ir a comprarlo. ¡Pero al entrar en la tienda ya no estaba! Se me cayó el mundo a los pies. Detrás, mis padres se reían con la novela en las manos. Me la habían comprado. Terrible amor cruel…

OIMAKU del pulpo peludo

OIMAKU del día en que mi padre volvió de bucear después de unas dos o tres horas. Llevaba un pulpo agarrado. Nos dijo señalándolo: “Fijaos, qué curioso. El primer pulpo que veo con pelos”. Nos acercamos y era cierto: el animal tenía los tentáculos cubiertos de vello. Más tarde, mi madre se dio cuenta de que, casualmente, a mi padre no le quedaban pelos en el brazo con el que había intentado atraparlo.