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OIMAKU de la pregunta incómoda en el juego del psiquiatra

OIMAKU de una pregunta especialmente incómoda en el juego del psiquiatra. Para quien no lo conozca, se trata de un curioso juego en el que dos personas deben adivinar las reglas del propio juego a través de preguntas que realizan a los demás, que sí saben cómo funciona y que representan estar locos. Las respuestas sólo pueden ser “sí” o “no”. Para dificultar la investigación de los dos que desconocen cómo va todo, cada cierto tiempo alguien dice “psiquiatra” y todo el mundo cambia de lugar. Es bastante caótico y divertido, sobre todo al ver la cara de los que intentan adivinar qué narices está pasando. El caso es que en una velada de Año Nuevo en Barcelona, a mi amigo M. le tocó descubrir de qué iba la historia. Las preguntas se supone que deben de ser chorras, es algo para pasar el rato. Había buen rollo. La cuestión es que M. empezó a hacer preguntas bastante serias, nada picantes, y a mitad del juego le preguntó a una persona si alguna vez había pensado en suicidarse. Hubo un silencio estremecedor y la respuesta estuvo a la altura de la dureza de la cuestión, a lo que siguió otro silencio de infarto. Dejo de haber tan buen rollo. Aquella noche el juego del psiquiatra no fue lo que se dice “muy entretenido”.

OIMAKU de la revista porno que le compré a un amigo

OIMAKU de la revista porno que le compré a un amigo porque le daba vergüenza. Tendríamos unos quince años. Como a mí no me daba corte, me dio el dinero para que la cogiera yo. Entré en mi librería de toda la vida, la tomé de la estantería y la pagué. No sentí ningún pudor porque me parecía normal. ¿Qué se suponía que hacíamos los adolescentes si no? Cuando volví, mi colega me esperaba impaciente al otro lado de la calle. Cuál fue la sorpresa cuando abrimos la revista y sólo vimos artículos llenos de letra y más letra y apenas una fotos elegantes de señoras desnudas. Mi amigo empezó a repetir “¿Pero qué timo es éste?” mientras se partía la caja al ver que a cada hoja que pasaba aparecían más y más artículos de vete tú a saber qué estupidez. Ya lo dijo Woody Harrelson en El escándalo de Larry Flint: el Playboy es una estafa.

OIMAKU de la Noche de Guy Fawkes

OIMAKU de la Noche de Guy Fawkes en Southampton. En Inglaterra, el cinco de noviembre se conmemora el fracaso del atentado de 1605 contra el rey James I. Uno de los conjurados contra el monarca, descubierto con la pólvora pensada para volar el Palacio de Westminster, fue Guy Fawkes. Alan Moore, basándose en el personaje, escribió el cómic V de Vendetta, que ha tenido mucho éxito y ha visto como el dibujo de la careta del conspirador creada por David Lloyd era utilizada por los grupos antisistema como símbolo. En la manifestación de hoy, 15 de mayo de 2011, organizada por “Democracia Real Ya”, mi novia y yo vimos muchas máscaras del conspirador Fawkes. Entonces, juntos nos pusimos a recordar la celebración de 2007 en Inglaterra. Fue junto a un murete cercano al Museo Marítimo de la ciudad, frente al mar. Allí nos dispusimos con unos amigos a ver el festival pirotécnico. Nos sorprendió porque iba acompañado de música, aunque I. nos dijo que en su pueblo, Rubí, los hacían igual. De camino hacia el puerto, M. había encontrado una caja de latas de cerveza Foster’s abandonada en un banco. Excepto yo, todos bebieron durante el espectáculo. Recurdo especialmente a J. con su chaqueta de cuero y sus pantalones y botas militares, lata en mano, mientras las luces explotaban en el cielo. A distancia de donde nos encontrábamos, en una plataforma sobre el agua con asientos para los espectadores que habían pagado para celebrarlo en primera línea, disparaban los petardos. Pese a estar lejos, veíamos perfetamente los fuegos, no así las fuentes ni las tracas, cuyo sonido amortiguado era lo único que nos llegaba. Recuerdo que corría el viento frío del puerto pero que estábamos bien. Fue una noche memorable.

OIMAKU de la caja del compás

OIMAKU de la caja que llevaba al colegio con el compás. Me la había comprado mi madre en un alarde de sofistifación. Era rectangular y plana, con la tapa transparente y el fondo exterior de color negro. Dentro, los utensilios estaban encajados en un molde magenta de una textura parecida al terciopelo. Llevaba un compás para trazar círculos y un compás de puntas para, supongo, medir. Éste último no lo utilicé más que para jugar clavándolo en el borde de la mesa. Contenía, además, un transportador de ángulos, una goma, un afilador para la mina y un adaptador para poder acoplar un rotulador o un bolígrafo al compás. El último recuerdo que tengo es la imagen de la tapa rota, resquebrajada. Puede que ahora esté guardada en un armario en casa de mi madre.  En cierto modo, estaba orgulloso de ella.

OIMAKU de la piedra pómez suicida

OIMAKU de la tarde en que a mi madre le cayó por accidente una piedra pómez por el balcón. Abriendo una toalla, la piedra saltó a la calle. Le dio tanta vergüenza que los vecinos pudieran pensar que ella tiraba cosas por la ventana que me hizo bajar en su lugar a recogerla. Se quedó tan preocupada por el “qué dirán” que no volvió a asomarse al balcón en lo que quedaba del día. Fue divertidísimo.

OIMAKU del Príncipe de Zamunda

OIMAKU del Príncipe de Zamunda, aquel personaje interpretado por el decadente Eddie Murphy a quien cada vez le dan menos papeles. Un príncipe proveniente de un país inventado con montones de pasta se va a los EE.UU. a vivir como un pobretón y se enamora de una “chica sencilla”. Pienso en esa peli y me vienen a la cabeza tres cosas: uno, el dueño de la hamburguesería asegurando que mientras el logo de su empresa tiene “arcos dorados”, el de McDonald’s tiene “arcadas doradas”; dos, el mayordomo del Príncipe aprovechando para vivir a cuerpo de rey, metido en una bañera tomando una copa de licor; y, tres, Eddie Murphy sonriendo en cada maldito fotograma de la película, enseñando los dientes, sólo ocultándolos para las escenas serias del filme, es decir, las dramáticas, es decir, las de amor. El amor es muy serio.

OIMAKU de las ensaladas de mi padre

OIMAKU de las ensaladas que empezó a hacerse mi padre cuando decidió hacer dieta. En una ensaladera juntaba lechuga, escarola, tomate, zanahoria, maíz, manzana, cebolla, remolacha, picatostes, taquitos de queso, jamón o bacon, su buen chorro de aceite de oliva, vinagre de Módena, orégano y sal. Se las comía de una sentada. Al cabo de una semana se quejaba: “¡Pero cómo puede ser que engorde si sólo como ensalada!”.

OIMAKU de la costa de Southampton

OIMAKU de la costa de Southampton. Llevábamos tiempo en esta ciudad, desde donde habían zarpado tantos barcos a lo largo de la historia, icónicos como el Titanic, cuando nos dimos cuenta que todavía no habíamos visto todavía el mar. Southampton se encuentra en una ría del Canal de La Mancha, con la isla de Wight casi como tapón, cuya principal actividad, aparte de la universitaria, es la portuaria. No esperábamos nada demasiado espectacular. Sin embargo, después de un intrincado camino entre naves portuarias situadas en calles casi sin nombre que acababan repentinamente, llegamos a un pequeño espacio de cemento con un par de bancos, una baranda y una papelera más desolador de los imaginado. Por encima de nuestras cabezas había un enorme puente de hormigón por el que circulaban los coches hacia la otra punta, donde ahora sé que se encontraba el barrio de Woolston. En aquel momento, no teníamos ni idea de en qué parte del mapa nos encontrábamos realmente. Había una pareja mayor, si no recuerdo mal. Soplaba el viento y el paisaje lo conformaba un conglomerado de casas feas y edificios industriales abandonados o en activo. Al fondo, se erguían los mástiles de embarcaciones atracadas. El agua marchaba gris y lenta. Olía a mar como puede heder el puerto de Barcelona. Había un trozo de tierra, casi un lodazal, que se hundía en el agua. Hicimos unas cuantas fotos para demostrar que, como mínimo, habíamos visto el mar desde Southampton.

OIMAKU de Massimo Tartaglia

OIMAKU de Massimo Tartaglia, el tipo que lanzó la reproducción de la catedral de Milán contra la cara de Berlusconi. Visualizo la foto de la cara desencajada del hombre, retenido por todos los seguratas, mientras mira lo que ha hecho y a quién se lo ha hecho. Era la pura imagen de la rabia, la impotencia y el desconcierto en mitad de la crisis actual. Después de recordar que me hice seguidor de una página suya en Facebook, he descubierto que ya no existe, que la clausuraron por ir en contra de cierta ética. No sé cuál.

OIMAKU del microcuento de San Valentín

OIMAKU de un microcuento de San Valentín publicado en el diario El País. El relato, de una línea, estaba traducido del francés y había sido publicado originalmente en Le Monde, a razón de un concurso que había hecho el periódico entre sus lectores. No recuerdo si había sido premiado o no, pero me pareció precioso. Parafraseándolo, decía algo así: “Me gustaba, de noche, pasar un dedo sobre tu piel y esperar”.