Archivo de la etiqueta: oimaku

OIMAKU del condón del PSC

OIMAKU del condón con la cara de Pasqual Maragall que me dieron los del PSC en la Universidad durante la campaña para las elecciones del Parlamento de Cataluña de 2003. Me lo dieron justo sobre el puente que conecta de la plaza del campus con la estación de los Ferrocarriles. El tipo sonreía simpático en la foto pero a mí me puso los pelos de punta. No quiero decir que fuera inadecuado repartir preservativos pero sí que lo hicieran con la cara de un político impresa en ellos. Hay ciertas cosas que uno no quiere ver antes de follar.

 

OIMAKU del muerto en el tren

OIMAKU de un tipo que me encontré un lunes por la mañana en el tren que iba a la universidad. Era grande, tendría unos veintipico o treinta años y parecía haberse quedado grogui en uno de los asientos del fondo del vagón. Todo su cuerpo se apoyaba contra el respaldo y el reposabrazos en una postura muy incómoda. Tenía la cabeza recostada sobre el hombro y la boca abierta. La estación era final de trayecto, así que consideré oportuno despertarlo antes de que el tren partiese y lo hiciera desandar camino. Para no asustarle, lo avisé con voz suave pero no respondió. Me acerqué y volví a intentarlo. Lo llamé más fuerte. Nada. Llegué a gritarle un poco. Estaba a escasos centímetros de él cuando me giré y vi a todos los pasajeros mirándonos en silencio, entre expectantes y acojonados. ¿Estaba muerto? No movía ni un músculo, no daba la impresión de respirar. Empecé a acercar la mano muy lentamente hacia su rostro. Sentía los ojos del resto clavados en mi nuca. Parecía una estatua, joder. Tenía el miedo en el cuerpo y un extraño orgullo heroico. ¿Estaba a punto de tocar un cadáver? Llegué a imaginar que venía la policía y me interrogaba. Le di dos cachetes en la mejilla. El tipo levantó la cabeza sin poder despegar los párpados, desorientado, cabeceando de izquierda a derecha. Se puso en pie como un perro de caza que ha oído la presa y salió del vagón rígido como un zombi, empujando a todo el mundo. Ni gracias ni pollas. Llevaba un colocón de aúpa. Los demás viajeros ya había empezado a sentarse antes de que yo pudiera levantarme del suelo.

OIMAKU del aceite del local de cazadores

OIMAKU del local de cazadores de Valderrubio, Granada, donde habíamos ido a ver la casa de Bernarda Alba, la real y no la literaria. El edificio estaba totalmente descuidado, cubierta toda su fachada blanca por una enorme enredadera seca. Desencantados, nos sobrevino el hambre y la sed. Habíamos llegado con la única combinación de autobuses posible en pleno mediodía de julio andaluz y aquello estaba muerto. Un hombre que pasaba en bicicleta nos señaló una puerta sin letrero. Era el lugar de reunión de la asociación de cazadores del pueblo. Debíamos de tener una pinta de guiris espantosa. Pedimos para beber dos rondas. Acostumbrados a otros tapas más espectaculares y copiosas (paella, migas), casi miramos con desprecio el solitario trozo de lomo sobre la rebanada de pan que nos sirvieron. Al probarlo, me tragué con él mi soberbia. Sentí las lágrimas de placer inundar mis ojos: insuperable. Cuando marchábamos, le pregunté al dueño por la carne. Orgulloso y sin pronunciar una palabra, adornándose con un halo de misterio, levantó una recia y grasienta botella de vidrio llena de un aceite oscuro, prácticamente verde, tan denso que apenas dejaba pasar la luz. Aun sigo fascinado por aquella visión casi celestial.

OIMAKU del “adéu” en Zahara de los Atunes

OIMAKU de la manía de decir “adéu” sea el rincón de España que sea y, especialmente, recuerdo una vez en Zahara de los Atunes, donde al salir de una tienda dije “adéu” y entendí que me respondían lo mismo. El hecho es que llevaba un par de días obsesionado con el tema, pues tenía la impresión de que me había sucedido más de una vez. Carcomido por la duda, le pregunté a la persona que me acompañaba si la dependienta me había dicho adiós en catalán. No sé si me respondió afirmativamente o que no se había dado cuenta. Fuera la que fuera su contestación, no me sirvió porque, en un acto de extravagancia, volví a la tienda y le pregunté directamente a la mujer. Con una mueca que conjugaba una especie de extrañamiento impasible, me contestó con firmeza que me había dicho “hasta luego”. Su voz y su rostro duro, me acongojaron de tal manera que pedí perdón y me marché avergonzado.

OIMAKU del ladrón de lotes de Navidad

OIMAKU del tipo que intento llevarse de manera descarada y chapucera un lote de Navidad en una estación del metro. Iba caminando tranquilamente con un lote navideño hacia los torniquetes de salida cuando la mujer que yo tenía al lado miró al suelo y luego al hombre, y le gritó. La mujer debía de haberse despistado hablando con su amiga, probablemente una compañera de trabajo, que tenía un lote igual a los pies. Ella le preguntó acusadoramente dónde pensaba que iba con ese paquete. Él, detenido en mitad del andén, hizo una actuación lamentable. Estaba entrado en los cuarenta, fondón, con gafas y abrigo y sin demasiadas posibilidades de salir corriendo. Soltó una especie de “oh” y se excusó diciendo que se había confundido mientras se agarraba las solapas del chaquetón como en una peli de espías. No supo responder cuando ella le preguntó con qué lo había confundido. Una vez devuelto el lote, ella lo estuvo insultando a viva voz hasta que salió de la estación. Fue muy triste, en cualquier sentido del término.

OIMAKU del olor a mamá

OIMAKU del olor a mamá, o de lo que yo asociaba de pequeño al olor a mamá. Era la fragancia de la ropa recién lavada. Las sábanas, los jerseys, las camisas, las toallas, todo salía de la lavadora con un aroma fresco y relajante. Me encantaba. Tanto que, siendo sincero, en más de una ocasión estuve tentado de meterme un trozo de colcha en la boca, de comérmelo, devorarlo. Ya emancipado, sacaba mi ropa del tambor y no olía igual. Creía que era porque faltaba el toque especial de mi madre. Sin embargo, la terrible verdad, la mefistofélica y espeluznante verdad, es que el olor de mi madre no era otro que el de Mimosín, cacitos y cacitos de Mimosín. Con mi sueldo, sólo compraba la marca blanca del Dia y soñaba, poética pero devastadoramente engañado, con un olor materno ubicado, en realidad, dos baldas más allá, tres veces más caro.

OIMAKU del corto de Achero Mañas

OIMAKU de Paraísos artificiales, un cortometraje acerca de la droga y la adicción dirigido por Achero Mañas. Lo vi en Canal+, creo que En la noche más corta, un programa presentado por Antonio Muñoz de Mesa, el tipo que ahora sale haciendo psicólogo guay en La pecera de Eva. La historia me impresionó sobremanera. Está filmado con perspectivas y colores enfermizos, demenciales. Me resultó especialmente impactante la imagen del tipo crucificado en una jeringuilla. Lo tenía grabado en una VHS que contenía únicamente cortos, pero ahora no sé si la he perdido o anda escondida en algún armario.

OIMAKU de los Hanson Brothers

OIMAKU de aquellos chavales de largas melenas rubias y caras angelicales que formaron aquel grupo con éxito entre las adolescentes, los Hanson Brothers o los hermanos Hanson o, sencillamente, los Hanson. Estuvieron dando la brasa con ellos en la televisión y en los programas juveniles e infantiles; por supuesto, también en los 40 principales, que por entonces tenían su programa en Canal+. Eran finales de la década de los 90. ¿Y ahora qué? Se apagaron de tal manera que nadie lo advirtió. Pasó el tiempo, pasó High School Musical, los Jonas Brothers,… ¿y dónde están?