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OIMAKU del muerto en el tren

OIMAKU de un tipo que me encontré un lunes por la mañana en el tren que iba a la universidad. Era grande, tendría unos veintipico o treinta años y parecía haberse quedado grogui en uno de los asientos del fondo del vagón. Todo su cuerpo se apoyaba contra el respaldo y el reposabrazos en una postura muy incómoda. Tenía la cabeza recostada sobre el hombro y la boca abierta. La estación era final de trayecto, así que consideré oportuno despertarlo antes de que el tren partiese y lo hiciera desandar camino. Para no asustarle, lo avisé con voz suave pero no respondió. Me acerqué y volví a intentarlo. Lo llamé más fuerte. Nada. Llegué a gritarle un poco. Estaba a escasos centímetros de él cuando me giré y vi a todos los pasajeros mirándonos en silencio, entre expectantes y acojonados. ¿Estaba muerto? No movía ni un músculo, no daba la impresión de respirar. Empecé a acercar la mano muy lentamente hacia su rostro. Sentía los ojos del resto clavados en mi nuca. Parecía una estatua, joder. Tenía el miedo en el cuerpo y un extraño orgullo heroico. ¿Estaba a punto de tocar un cadáver? Llegué a imaginar que venía la policía y me interrogaba. Le di dos cachetes en la mejilla. El tipo levantó la cabeza sin poder despegar los párpados, desorientado, cabeceando de izquierda a derecha. Se puso en pie como un perro de caza que ha oído la presa y salió del vagón rígido como un zombi, empujando a todo el mundo. Ni gracias ni pollas. Llevaba un colocón de aúpa. Los demás viajeros ya había empezado a sentarse antes de que yo pudiera levantarme del suelo.

OIMAKU de E., el niño que murió

OIMAKU de mi quinto o sexto cumpleaños, tal vez cuarto, en el que mi madre invitó a todos mis amiguitos a casa, a una de esas fiestas con bocadillos de nocilla y bimbo y ganchitos naranjas. Mi madre había hecho un pastel relleno de crema, con chocolate y lacasitos encima, y vino un niño que se llamaba E., de mi misma edad, al que mis recuerdos se empeñan en apodar Calimero, con el pelo en capita, rubio y muy simpático. Era el primo de una niña sordomuda de mi edificio, cuyos padres eran amigos de los míos. Esa tarde, con la boca llena de pastel, preguntaba: “¿Es de flan?”, y tengo esa imagen grabada. Poco después, ese niño moriría atropellado: al parecer, asustado por un cruel mayor que le azuzó un perro pequeño, salió disparado a la carretera.