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OIMAKU del olor a mamá

OIMAKU del olor a mamá, o de lo que yo asociaba de pequeño al olor a mamá. Era la fragancia de la ropa recién lavada. Las sábanas, los jerseys, las camisas, las toallas, todo salía de la lavadora con un aroma fresco y relajante. Me encantaba. Tanto que, siendo sincero, en más de una ocasión estuve tentado de meterme un trozo de colcha en la boca, de comérmelo, devorarlo. Ya emancipado, sacaba mi ropa del tambor y no olía igual. Creía que era porque faltaba el toque especial de mi madre. Sin embargo, la terrible verdad, la mefistofélica y espeluznante verdad, es que el olor de mi madre no era otro que el de Mimosín, cacitos y cacitos de Mimosín. Con mi sueldo, sólo compraba la marca blanca del Dia y soñaba, poética pero devastadoramente engañado, con un olor materno ubicado, en realidad, dos baldas más allá, tres veces más caro.

OIMAKU del limpialenguas

OIMAKU del utensilio que compró mi madre cuando era pequeño y que servía para limpiar la lengua. Era un mango de plástico azul de no más de un palmo. Parecía una raqueta de squash alargada pero sin cuerdas. Por el hueco había que meter la lengua, donde el marco hacía cuña para limpiar bien la parte central. Recuerdo que mi madre insistía en que debía utilizarlo porque, de lo contrario, las bacterias y microbios que me quitaba de los dientes al cepillar se quedarían dentro igualmente. Intentaba evitar utilizarlo a toda costa porque, al tener que introducirlo hasta el fondo de la boca y luego arrastrarlo hacia afuera sobre la lengua, me venían unas arcadas insufribles. Siempre acababa con los ojos llorosos retirando una “dañina” acumulación de baba blanca que, en realidad, nunca cesaba. Recuerdo que a veces me lo pasaba tanto que la lengua se me quedaba seca y áspera.

OIMAKU de la piedra pómez suicida

OIMAKU de la tarde en que a mi madre le cayó por accidente una piedra pómez por el balcón. Abriendo una toalla, la piedra saltó a la calle. Le dio tanta vergüenza que los vecinos pudieran pensar que ella tiraba cosas por la ventana que me hizo bajar en su lugar a recogerla. Se quedó tan preocupada por el “qué dirán” que no volvió a asomarse al balcón en lo que quedaba del día. Fue divertidísimo.

OIMAKU de la meiga motorizada

OIMAKU de la figura de una meiga en Harley-davidson que me compré en Galicia, con chupa negra y botas, melena blanca al viento. Molonísima. Sin embargo, cuando volví, lo único que obtive fue recriminaciones de mi madre: “¿Y cómo es que no me has traído ninguna a mí?”. No lo decía tanto porque fuera una figura bien chula, como yo pensé en un primer momento, sino por superstición. La verdad es que ni se me había pasado por la cabeza este detalle.

OIMAKU de los jerseys de mi madre

OIMAKU de los jerseys que tejía mi madre para mi padre y para mí. Recuerdo un par verde y otro gris, ambos a conjunto. Los hacía con lana y aguja de calceta. El motivo era una especie de trenzado que iba desde el cuello hasta la cintura. Recuerdo que hubo un tiempo, al hacerme mayor, que me disgutaban profundamente. Y ahora me producen una especie de nostalgia cuando los veo en las fotografías. Como algo que ya no volverá.

OIMAKU del pollo al horno que hizo mi madre

OIMAKU del pollo al horno que hizo mi madre un mediodía, absolutamente fabuloso, con un toque de limón y hierbas que se deshacía en la boca. La recuerdo agachándose a comprobar el ave, rociándolo cuidadosamente con una pera llena de zumo de limón. Era la primera y única vez que lo hizo y no supimos cómo poner bien el asta para que no quedara torcida, de manera que no giraba de manera adecuada, sino de manera más bien torpe y a duras penas bajo la luz amarillenta del horno que no dejaba de mirar como extasiado. Como una especie de milagro, atribuible al sagrado don culinario de mi madre, aquella carne salió jugosa y tierna, siendo de pollo, sin necesidad de ningún tipo de guarnición. Nunca en la vida he probado un pollo tan bueno.

OIMAKU del libro de mi cumpleaños

OIMAKU de aquella novela que vi de pequeño en el expositor de la librería del barrio y que me enamoró. En la portada había dos personajes jugando al ajedrez. Debía de ser un cuadro del siglo XVI o XVII por la ropa que vestían. El suelo era de damero, como en las pinturas de Vermeer. Yo lo quería pero no tenía dinero. Esperé como un mes, tiempo exasperantemente largo para un niño, hasta el día de mi cumpleaños, cuando mis padres me dieron dinero para que pudiera ir a comprarlo. ¡Pero al entrar en la tienda ya no estaba! Se me cayó el mundo a los pies. Detrás, mis padres se reían con la novela en las manos. Me la habían comprado. Terrible amor cruel…