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OIMAKU del Año Nuevo en Londres

OIMAKU del Año Nuevo en Londres. Mi novia y yo habíamos ido en autocar desde Southampton hasta Londres para recibir el 2008 desde el Támesis cuando, paseando por Portobello, nos encontramos a R., mi amiga de las clases de francés de la universidad. Una auténtica casualidad. Fuimos con ella a un bar a tomar algo donde nos robaron frente a nuestras propias narices la mochila en la que, por suerte, no llevábamos dinero pero sí un chorizo y una bolsa de pasta de estrellitas que habíamos comprado en una tienda de productos españoles. También había una bufanda que me hizo mi madre antes de marcharme. Comimos curry japonés en la calle y fuimos a ver la cuenta atrás al Támesis, lejos de la torre del Big Ben. Mientras lloviznaba y yo me cubría la cabeza con la bolsa de plástico donde nos habían servido los tuppers de curry, vimos la cuenta atrás proyectada en los edificios de la otra orilla. Había muchísima gente y un tipo pinchaba música a nuestras espaldas, en unos jardines. Estaba realmente feliz a pesar del robo. Luego nos despedimos de R. y fuimos a un pub con el metro y yo encontré una bufanda negra y gris en un banco, aunque me parece que estoy mezclando cosas de otro viaje. Puede que antes de las dos o las cuatro tuviéramos que coger el metro para llegar a la estación de autobuses porque terminaba el servicio. Acabamos mal durmiendo en la sala de espera de la estación. Tuvimos un gran follón porque en la mochila también estaba la hoja de reserva de los billetes de vuelta y tuvimos que suplicarle a un tipo pusilánime, gordo y vago que nos dejara subir, aunque no nos hizo ni caso. Por suerte, el jefe de los conductores de autocar, que nos había traído desde Southampton, se acordaba de nosotros y nos permitió subir. Fueron muchos los contratiempos pero recuerdo aquel Fin de Año con especial cariño.

OIMAKU de las campanadas del 2007

OIMAKU de las campanadas de fin de año de 2007, embutido en la multitud de gente que llenaba la orilla del Támesis, con T. y con R., a quien nos habíamos encontrado de pura casualidad callejeando por Portobello unas horas antes, y con una bolsa de plástico que me cubría la cabeza de la lluvia londinense que caía leve pero insistente. Estábamos demasiado lejos de la torre del Big Ben para oír el reloj pero vimos reflejados en los edificios del otro lado del río los números gigantes de la cuenta atrás. “Six!… Five!… Four!…” Fue el Fin de Año más divertido y feliz que puedo recordar.