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OIMAKU del olor a mamá

OIMAKU del olor a mamá, o de lo que yo asociaba de pequeño al olor a mamá. Era la fragancia de la ropa recién lavada. Las sábanas, los jerseys, las camisas, las toallas, todo salía de la lavadora con un aroma fresco y relajante. Me encantaba. Tanto que, siendo sincero, en más de una ocasión estuve tentado de meterme un trozo de colcha en la boca, de comérmelo, devorarlo. Ya emancipado, sacaba mi ropa del tambor y no olía igual. Creía que era porque faltaba el toque especial de mi madre. Sin embargo, la terrible verdad, la mefistofélica y espeluznante verdad, es que el olor de mi madre no era otro que el de Mimosín, cacitos y cacitos de Mimosín. Con mi sueldo, sólo compraba la marca blanca del Dia y soñaba, poética pero devastadoramente engañado, con un olor materno ubicado, en realidad, dos baldas más allá, tres veces más caro.

OIMAKU de la canción de Cortocircuito

OIMAKU de la canción que entonaban unos pandilleros en la peli de Cortocircuito: “Los chulos acojonan, los chulos empitonan, los chulos mangonean ¡tus bolas a Plutón!”. No tiene ningún sentido pero recuerdo que de pequeño me partía de risa con ella, y me la aprendí de memoria. Hoy encontré un vídeo en Youtube con la escena, que resulta que era de Cortocircuito 2, y me he vuelto a partir el pecho con nostalgia. He alucinado con el doblaje de la escena, lleno de un argot lumpen que el DRAE no recoge y que, sin embargo, es una maravilla.

OIMAKU de la pesadilla del hombre que explota

OIMAKU de la pesadilla recurrente que tenía de pequeño en la que un tipo con frac iba a un restaurante muy elegante y empezaba a comer y a comer de manera pantagruélica hasta acabar estallando, esparciendo todas sus vísceras por el local. Me obsesionaba. Sólo veía a aquel tipo asqueroso comer y comer. Ya de mayor, sin acosarme los malos sueños, seguí recordando la escena sin conocer su origen, llegando a creer si acaso no la había creado mi imaginación. No fue hasta tiempo después, en la universidad, que descubrí que aquella imagen que me había atormentado la infancia pertenecía a El sentido de la vida de los Monty Python, una comedia que me había hecho pasar infinitos malos ratos.

OIMAKU del videoclip de Another Brick in the Wall

OIMAKU de los dibujos animados del videoclip Another Brick in the Wall de Pink Floyd. Los tengo grabados porque, antes de saber que existía ese grupo, pasaron el videoclip por la tele y, al ver yo dibujitos, me puse a verlos. Pero recuerdo la sensación horrible de estar viendo aquel muro gris infinito, aquellos martillos rojos gigantes caminando amenazadoramente como las escobas de Fantasía de Disney y aquel tipo inmenso triturando gente. Fue una visión desasosegante que me provocó más de una pesadilla.

OIMAKU de la pareja del opening de Érase una vez la vida

OIMAKU de la pareja que aparecía en la canción del comienzo de los dibujos animados de Érase una vez la vida. Era una pareja de adultos formadas por dos de los personajes característicos de la serie: el chico guapete y la chica morena. Ambos salían en pantalones, con el pecho descubierto. Recuerdo que siempre la miraba a ella. Se acercaban el uno al otro en mitad de un prado y se fundían literalmente en un abrazo: se transformaban en una esfera que ascendía al cielo y daba como resultado el sol. De fondo, sonaban las últimas notas de la canción cuya letra decía “en el fondo de su corazón”. Me encantaba aquella serie.

OIMAKU de las palomas de la Plaza San Marco

OIMAKU de la única escena que recuerdo del viaje a Italia con mis padres cuando tendía unos cuatro o cinco años. Mi padre compró una bolsa de maíz en la plaza San Marco para que su hijo disfrutará alimentando a las ratas del cielo. Con un terror descomunal, tuvieron que obligarme a sostener el maíz en la palma de la mano para que las palomas se abalanzaran sobre ella para comer, en tromba. Yo sólo pensaba que me iban a picar, aquellos monstruos grises de ojos rojos y vacíos. En cuanto me dejaban el maíz en el puño, lo tiraba al suelo y gritaba. Lo pasé tan mal que aún recuerdo el miedo.

OIMAKU de las coletillas de los Looney Tunes

OIMAKU de Piolín repitiendo, con una voz infantil pero llena de veneno, la frase de “He visto un lindo gatito”, recordándonos que esta vez Silvestre tampoco lo iba a conseguir; de Bugs Bunny mirando a cámara zanahoria en mano, saludando con toda la chulería de la que es capaz un conejo con su sureño “¿Qué hay de nuevo, viejo?”; del Gallo Claudio y su tartamudeante “Digo hijo, eso digo, hijo, digo” que sacaba de quicio al más flemático; del Correcaminos y su conciso “Bip bip” que, lejos de la retórica ciceroniana, derrotaba cualquier discurso que el Coyote pudiera levantar.

OIMAKU del grito huracanado

OIMAKU de los dibujos de Pepe Potamo y de su grito huracanado. El protagonista era un hipopótamo lila vestido de safari, salacot incluido, que se dedicaba a tumbar a todo bicho viviente con su bramido atroz. Cada vez que lo hacía, la boca se le hacía gigante y su cuerpo se elevaba en el aire por la misma fuerza del berrido. Soy incapaz de recordar el argumento de ningún episodio o de encontrarle algún sentido a que un hipopótamo vistiera de cazador. Lo único que guardo en mente es el creciente deseo que tenía de niño a que llegara el momento del episodio en que Pepe Pótamo soltaba su infalible GRIIIITO HURACANAAAADO.