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OIMAKU del “au revoir” de Cantona

OIMAKU de aquel anuncio de Nike en el que los mejores futbolistas (o los más guays) del momento se enfrentaban a las fuerzas del mal en el Coliseo de Roma. Los futbolistas tenían que hacer frente al juego sucio de los demonios y parecía que era imposible ganar. Acababan, finalmente, sacando todo su talento para marcar el gol de la victoria.  El público alucinó porque parecía el tráiler de una película. Sin embargo, de todas aquellas cabriolas y efectos especiales, lo que realmente caló fue el apoteósico final en que Éric Cantona, el zumbado de Cantona, se levantaba la solapa y musitaba un “Au revoir” que se grabó a fuego en la memoria colectiva como el “Sayonara, baby” de Terminator. Se levantaba la solapa, decía adiós y destrozaba de un chut al diablo que custodiaba la portería con las alas extendidas. Brutal.

OIMAKU de El Conejo Saviola

OIMAKU de Javier Saviola, el futbolista argentino que fichó el Barcelona diciendo que sería la gran salvación. Era pequeño y lo apodaban el Conejo. Al principio, parecía que todo iba bien: la prensa, la afición y el club lo alababan. Pero llegaron los malos resultados y, más tarde, Rijkaard, que no lo tenía en sus planes para el equipo. Entonces, los periódicos convirtieron a Saviola en un fraude. Pasó al Madrid, donde tampoco contaron mucho con él, para acabar en el Benfica. Siempre me acuerdo de él, con rabia, cuando veo que la prensa amarillista del deporte eleva a jugadores hasta cotas celestiales para, finalmente, dejarlos caer como sacos de estiércol sin el menor remordimiento. Qué asco.

OIMAKU de la colección de latas del Mundial 94

OIMAKU de la colección de latas de cocacola del Mundial de Estados Unidos de 1994. A diferencia del león de Sudáfrica 2010, que ahora también tiene su colección con la bandera de cada equipo, la mascota de entonces era un perro. Su diseño parece ahora más anticuado porque recuerda más a los Looney Tunes que al estilo manga. Creo que llegué a tenerlas todas y que las veinticuatro latas ocupaban un espacio tan engorroso que las acabé tirando. Mi madre estaba obsesionada con que las limpiáramos con lejía porque olían.