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OIMAKU de mi caída del árbol

OIMAKU de mi caída desde la rama de un árbol. La idea de subirse fue para una foto. Era la rama, enorme como un tronco, de un árbol que había cerca del camino de un parque. No recuerdo dónde fue ni con quién, pero recuerdo que mi acompañante no era capaz de trepar. La rama se extendía desde la base del árbol, a ras del suelo, e iba creciendo con una ligera inclinación hasta el camino, donde rebasaba la altura de mi pecho. Creyéndome capaz de subir, fui a la parte más baja y avancé seguro por la madera hasta el extremo final, quedando finalmente montado a horcajadas sobre la rama. Mi acompañante me dijo que me iba a sacar una foto y yo, sonriendo vanidoso y estúpido, adopté la pose del vencedor. En el momento que alzaba mis brazos con el signo de la victoria, mi cuerpo empezó a inclinarse ligeramente hacia la izquierda, girando súbitamente como la aguja de un reloj y estrellando mi cabeza contra el suelo. Lo que quedó al final retratado en la foto fue un pringado con cara de ido sacudiéndose el barro del pantalón. Un corredor que pasaba sonrió al verme.

OIMAKU de la cámara perdida en el taxi

OIMAKU de aquella noche de fiesta en que me quedé sin trenes y R. me invitó a dormir en su casa. Al salir del taxi, justo frente a la puerta del edificio, me di cuenta de que no tenía la cámara con la que había hecho las fotos de la cena. Salí disparado hacia la dirección donde había arrancado el taxi, pero había desaparecido en la oscuridad. R. me dijo que aquella carretera no continuaba, que daba la vuelta en lo alto de la montaña y volvía a bajar. Vi un taxi de vuelta de la cima y fui a la zaga. No recuerdo correr tanto en mi vida. Creía que no lo iba a alcanzar cuando se puso un semáforo en rojo como una señal del cielo y me puse a su altura. No era el taxista que nos había traído. Hablé con él para saber qué se podía hacer. Era un chaval joven. Sin paños calientes, me recomendó que me olvidara: que, pese a existir una oficina para objetos perdidos, si él se encontrase una cámara digital en el coche, se la quedaría y punto. Justo en ese momento, otro taxi se paró en el semáforo, y era el hombre que nos había traído. Dijo que iba a llevar la cámara a objetos perdidos. Se lo agradecí encarecidamente, muy nervioso y confuso, nos despedimos y se marchó. No recuerdo haberle dado propina ni nada, cosa que me supo mal después. El otro, que todavía esperaba, me recomendó que me comprara un billete de lotería para aprovechar la suerte. Me lo dijo muy enfadado, como si la buena fe de su compañero de trabajo le hubiera indignado.

OIMAKU de la foto asquerosa

OIMAKU de una historia que me contaron a raíz de una foto. Una pareja llega de fiesta a casa y él le pide a ella una felación, pero cuando la chica le baja la ropa interior descubre una desagradable sorpresa untada en la parte trasera de la prenda; ella rompe a reír y él se pone rojo de vergüenza. Como él es un cerdo pero ella es malvada, cachondo como lo tiene, le propone hacérsela a cambio de que se deje fotografiar en tamaña situación. La imagen quedó borrosa, pero demuestra fehacientemente lo que es capaz de hacer un hombre a cambio de una mamada.