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OIMAKU del muerto en el tren

OIMAKU de un tipo que me encontré un lunes por la mañana en el tren que iba a la universidad. Era grande, tendría unos veintipico o treinta años y parecía haberse quedado grogui en uno de los asientos del fondo del vagón. Todo su cuerpo se apoyaba contra el respaldo y el reposabrazos en una postura muy incómoda. Tenía la cabeza recostada sobre el hombro y la boca abierta. La estación era final de trayecto, así que consideré oportuno despertarlo antes de que el tren partiese y lo hiciera desandar camino. Para no asustarle, lo avisé con voz suave pero no respondió. Me acerqué y volví a intentarlo. Lo llamé más fuerte. Nada. Llegué a gritarle un poco. Estaba a escasos centímetros de él cuando me giré y vi a todos los pasajeros mirándonos en silencio, entre expectantes y acojonados. ¿Estaba muerto? No movía ni un músculo, no daba la impresión de respirar. Empecé a acercar la mano muy lentamente hacia su rostro. Sentía los ojos del resto clavados en mi nuca. Parecía una estatua, joder. Tenía el miedo en el cuerpo y un extraño orgullo heroico. ¿Estaba a punto de tocar un cadáver? Llegué a imaginar que venía la policía y me interrogaba. Le di dos cachetes en la mejilla. El tipo levantó la cabeza sin poder despegar los párpados, desorientado, cabeceando de izquierda a derecha. Se puso en pie como un perro de caza que ha oído la presa y salió del vagón rígido como un zombi, empujando a todo el mundo. Ni gracias ni pollas. Llevaba un colocón de aúpa. Los demás viajeros ya había empezado a sentarse antes de que yo pudiera levantarme del suelo.