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OIMAKU del aceite del local de cazadores

OIMAKU del local de cazadores de Valderrubio, Granada, donde habíamos ido a ver la casa de Bernarda Alba, la real y no la literaria. El edificio estaba totalmente descuidado, cubierta toda su fachada blanca por una enorme enredadera seca. Desencantados, nos sobrevino el hambre y la sed. Habíamos llegado con la única combinación de autobuses posible en pleno mediodía de julio andaluz y aquello estaba muerto. Un hombre que pasaba en bicicleta nos señaló una puerta sin letrero. Era el lugar de reunión de la asociación de cazadores del pueblo. Debíamos de tener una pinta de guiris espantosa. Pedimos para beber dos rondas. Acostumbrados a otros tapas más espectaculares y copiosas (paella, migas), casi miramos con desprecio el solitario trozo de lomo sobre la rebanada de pan que nos sirvieron. Al probarlo, me tragué con él mi soberbia. Sentí las lágrimas de placer inundar mis ojos: insuperable. Cuando marchábamos, le pregunté al dueño por la carne. Orgulloso y sin pronunciar una palabra, adornándose con un halo de misterio, levantó una recia y grasienta botella de vidrio llena de un aceite oscuro, prácticamente verde, tan denso que apenas dejaba pasar la luz. Aun sigo fascinado por aquella visión casi celestial.

OIMAKU de la pesadilla del hombre que explota

OIMAKU de la pesadilla recurrente que tenía de pequeño en la que un tipo con frac iba a un restaurante muy elegante y empezaba a comer y a comer de manera pantagruélica hasta acabar estallando, esparciendo todas sus vísceras por el local. Me obsesionaba. Sólo veía a aquel tipo asqueroso comer y comer. Ya de mayor, sin acosarme los malos sueños, seguí recordando la escena sin conocer su origen, llegando a creer si acaso no la había creado mi imaginación. No fue hasta tiempo después, en la universidad, que descubrí que aquella imagen que me había atormentado la infancia pertenecía a El sentido de la vida de los Monty Python, una comedia que me había hecho pasar infinitos malos ratos.

OIMAKU del pollo al horno que hizo mi madre

OIMAKU del pollo al horno que hizo mi madre un mediodía, absolutamente fabuloso, con un toque de limón y hierbas que se deshacía en la boca. La recuerdo agachándose a comprobar el ave, rociándolo cuidadosamente con una pera llena de zumo de limón. Era la primera y única vez que lo hizo y no supimos cómo poner bien el asta para que no quedara torcida, de manera que no giraba de manera adecuada, sino de manera más bien torpe y a duras penas bajo la luz amarillenta del horno que no dejaba de mirar como extasiado. Como una especie de milagro, atribuible al sagrado don culinario de mi madre, aquella carne salió jugosa y tierna, siendo de pollo, sin necesidad de ningún tipo de guarnición. Nunca en la vida he probado un pollo tan bueno.