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OIMAKU de mis primeros dibujos de Mortadelo

OIMAKU de mis primeros dibujos de Mortadelo, de cómo empezaba haciendo las gafas, luego, la nariz y la cabeza; con la oreja hecha, trazaba la varilla de las gafas y los ojos; finalmente, remataba con la boca y el alzacuellos. Me sorprende este recuerdo no sólo por su exacta claridad sino porque mi punto de partida era la nariz y no los ojos o la cabeza. Esto descoloca totalmente los pasos que utilizo ahora para realizar cualquier caricatura.

OIMAKU del certamen de Calonge

OIMAKU de cuando recogí el tercer premio en un certamen de cómic. Se celebraba en Calonge, un pueblo de la costa catalana, y la entrega se hizo en una pequeña sala de teatro. Tras recibirlo orgulloso de manos del jurado, una chica que hacía de azafata me entregó un lote de tebeos de regalo. Yo cogí la bolsa y, ni corto ni perezoso, le di dos besos. Todo el público aplaudió de manera exagerada ante el gesto y, después de mí, todos los participantes optaron también por darle dos besos a la pobre chica. El mundo de la historieta está lleno de gente muy falta de cariño.

OIMAKU de los miosotis

OIMAKU del verso de un poema de Tristan Corbière que siempre me ha perseguido por su tristeza: “los miosotis, esas flores de mazmorra…” Sin duda me fascinó no sólo por la forma de evocarme una melancolía suave sino por el inesperado lugar donde aparecía. El tebeo era Un poco de humo azul de Lapière y Pellejero, y los versos aparecían en una serie de cigarrillos viejos que la protagonista iba fumando a lo largo de la historia, despidiendo el humo añil que reza el título. Apasionado por ellos, acabé encontrando en la biblioteca la obra original, Les amours jaunes, todavía más fascinante. El título del poema, descubrí, era “Petit mort pour rire” y los “miosotis”, resulta, son las plantas donde florecen las nomeolvides.

OIMAKU del Saló del Còmic

OIMAKU de la primera vez que fui al Saló del Còmic de Barcelona. Fui con mi madre y mi amigo B. Para empezar, nos equivocamos de tren. Cuando, finalmente, llegamos a la Estació de França, mi amigo y yo nos despistamos y perdimos a mi madre. Cuál fue nuestra sorpresa que, cuando nos volvimos a encontrar, estaba junto a Francisco Ibáñez, que firmaba incansablemente. Casi nos coló, y cuando nos tocó que nos firmara, nos quedamos sin palabras. En aquel momento, era mi ídolo absoluto. Más de diez años después, vuelvo a pasear por el SalóEn aquel momento, era mi ídolo absoluto. Más de diez años después, vuelvo a pasear por el Saló, ¡y sigue ahí, firmando, al pie del cañón!