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OIMAKU de la caja del compás

OIMAKU de la caja que llevaba al colegio con el compás. Me la había comprado mi madre en un alarde de sofistifación. Era rectangular y plana, con la tapa transparente y el fondo exterior de color negro. Dentro, los utensilios estaban encajados en un molde magenta de una textura parecida al terciopelo. Llevaba un compás para trazar círculos y un compás de puntas para, supongo, medir. Éste último no lo utilicé más que para jugar clavándolo en el borde de la mesa. Contenía, además, un transportador de ángulos, una goma, un afilador para la mina y un adaptador para poder acoplar un rotulador o un bolígrafo al compás. El último recuerdo que tengo es la imagen de la tapa rota, resquebrajada. Puede que ahora esté guardada en un armario en casa de mi madre.  En cierto modo, estaba orgulloso de ella.

OIMAKU de lo que me dijo S.

OIMAKU de lo que me dijo un ex compañero de clase cuando lo volví a ver casi diez años después, frente a la puerta de lo que fue nuestra escuela, sentado en los escalones hablando con otros ex compañeros del colegio. Sus palabras las tengo grabadas a fuego tan salvaje que me queman cada vez que pienso en ellas. “¿Ya has acabado la carrera? Eso está bien. Tanto estudiar, tanto estudiar,… ¡Lo que hay que hacer es trabajar!”. Cuando las recuerdo por las noches, me ahogo y lloro.

OIMAKU del Combo del Oso

OIMAKU del Combo del Oso, una parodia de los combos del Street Fighter que se inventó E. un buen día durante la hora del patio. Consistía en, primero, agitar la cabeza ondulantemente de un lado a otro, cargando el nivel de ira mientras se gruñía “uuuh”; después, se realizaba la cogida con los codos pegados al cuerpo, lanzándose hacia el oponente con las manos en forma de zarpas y agarrándole de los hombros sin dejar el animalesco “uuuh”; finalmente, se iba empujando al adversario con la cabeza mientras se le daba golpes con el lateral del codo, la parte más inútil de nuestro cuerpo, sin olvidar el “uuuh”, esencial en el ritual. Yo me partía cada vez que lo veía representarlo.

OIMAKU del proyecto de tecnología

OIMAKU del coche que hice con A., R. y F. en clase de tecnología. Habíamos serrado láminas de madera para hacer la carrocería, pintada con acrílico, y habíamos comprado un pequeño motor eléctrico para que las ruedas giraran. Era una especie de pick-up negro sin ventanas que corría como el demonio. Se hizo una carrera al final del curso y teníamos todas las de ganar. Sin embargo, en cuanto dejamos el coche en el suelo, la goma que conectaba el rotor con el eje se soltó y la camioneta se quedó quieta como una piedra en el fondo del mar.

OIMAKU de la sierra de marquetería

OIMAKU del año en el que, en el colegio, se empeñaron en que hiciéramos talleres. Había cuatro diferentes: marquetería, taracea, estaño y dibujo artístico. Mi preferido, sin duda fue el de estaño: ¡es precioso hacer relieves en las láminas de estaño, rellenarlas de cera y pegarlas en una madera para que parezcan cuadros! El peor, también sin duda, fue el de marquetería. Nos dieron una sierra de esas en las que la estructura de hierro dibuja un cuadrado, hay una parte vacía y ahí se coloca una sierrecita muy fina que se rompe con mirarla. Sin embargo, no fue eso lo que me pasó. Me agobiaba tanto la marquetería y tenía tan poca paciencia que, al segundo día, comencé a serrar a toda mecha (imbuida por una especie de espíritu maligno y frenético que me urgía a terminar de una puñetera vez las piezas de aquel feo puzzle) con lo cual me serré el dedo gordo haciéndome varias marcas en la uña y dándome un tajo en la carne de la base de la misma, que no paraba de sangrar. La cicatriz de guerra me dura hasta el día de hoy. Estoy orgullosa de esa cicatriz ahora, pero entonces lo único en lo que podía pensar era en que me iba a librar de marquetería.

OIMAKU del lápiz

OIMAKU del lápiz, y de cómo mi hermana me lo clavó en la rodilla cuando éramos pequeñas. Yo hice muchos aspavientos y lloriqueé; mientras, pensaba si me había hecho suficiente daño como para saltarme las clases de gimnasia (en aquella época buscaba cualquier excusa). Mi madre le quitó importancia enseguida y, al final, no pude utilizar la herida en beneficio propio. Eso sí, todavía sigue la cicatriz en mi rodilla, y sirve para demostrar lo cabrona que era mi hermana ya en su tierna infancia.

OIMAKU de la agenda de caricaturas

OIMAKU de la agenda de mi amigo J.A., la cual yo había garabateado hasta la muerte ante su insistencia de que le dibujara a los profesores. A cada página que pasabas, había una aberración mayor: el profesor de castellano convertido en un cantautor mediocre, el de Historia en un borracho, el de Filosofía en un mono y el de literatura catalana cometiendo “ayuntamiento carnal” con una vaca. Un día, el profesor de latín, el gran M. (literal y figuradamente), le cogió la agenda a mi compañero para comprobar la fecha de un examen o de la entrega de un trabajo. Ambos nos miramos y pensamos “¡Dios mío!”. Pasó las hojas, pasó más hojas, dio con la fecha y le devolvió la libreta. Sorprendentemente, no vio nada. La parte de las caricaturas estaba al principio y parecía habérsela saltado por completo. Aunque, bien pensado, tal vez la viera y no dijera nada. A fin de cuentas, él era el único que salía bien en su retrato: era un superhéroe.