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OIMAKU de la pareja de borrachos

OIMAKU de los dos tipos que, cuando hacía de recepcionista, recién abiertas las puertas del club donde trabajaba, sobre las seis de la mañana de un sábado, me pidieron entrar al bar para pedir fuego. Ell local era únicamente para socios pero, al no advertir nada especial en ellos, pensé que nada malo podía pasar y que, total, tampoco iban a encontrar a nadie a estas horas por la calle. En cuanto les abrí las puertas, vi que el segundo no iba muy derecho, y ahí empezó todo a torcerse. Me enteré, al rato, que se habían pedido un par de cubatas en el bar y que estaban cantando y dando voces. En cuanto llegó mi compañera, abandoné mi puesto y me dirigí a la cafetería para echarlos. Se les veía todavía más bebidos. El segundo llegó a caerse de boca al suelo bajando unas escaleras. El primero, que recriminaba al otro que estuviera tan torpe y tan pedo, me soltó de buenas a priemras que aquí no hablábamos de política. Empezó a hablarme de ETA y, mientras me iba contando cosas horribles, con unos ojos desorbitados y sanguinolentos que no podré olvidar en la vida, fui acompañándolos a la salida. El de mantenimiento me echó una mano para conducirlos tranquilamente fuera del recinto, sin que armaran follón. Por suerte, no había nadie a esas horas. Los dos tipos me dieron las gracias, como si nada hubiera pasado, y se perdieron calle abajo. Al desaparecer, respiré aliviado. Lo había pasado fatal. De menudo embolado me acababa de librar.

OIMAKU de la pinta que teníamos los tres

OIMAKU de la noche que fui a cenarcon D. y M. a un restaurante griego-sirio en el Eixample de Barcelona. Al salir, yo estaba descompuesto porque me había sentado mal la comida y me sentía morir: necesitaría dos Almax rato más tarde para poder calmar el malestar. Por su parte, M. iba piripi perdido porque se había pasado con el vino y ya en el restaurante había empezado a soltar comentarios comprometidos en voz alta. D., que se había comprado unas deportivas que le encantaban, las llevaba en la mano porque la pequeña molestia a la que no le había dado importancia al principio le destrozaba ahora los pies. Así íbamos los tres: uno doblado con la mano en el estómago a punto de potar, otro cantando y riendo y bailando en mitad de la calle sin vergüenza alguna y el último a paso ligero, fumando, con sus zapatillas nuevecitas colgando de la mano, en calcetines por una de las ciudades más sucias de España. Gran estampa familiar.