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OIMAKU de la pregunta incómoda en el juego del psiquiatra

OIMAKU de una pregunta especialmente incómoda en el juego del psiquiatra. Para quien no lo conozca, se trata de un curioso juego en el que dos personas deben adivinar las reglas del propio juego a través de preguntas que realizan a los demás, que sí saben cómo funciona y que representan estar locos. Las respuestas sólo pueden ser “sí” o “no”. Para dificultar la investigación de los dos que desconocen cómo va todo, cada cierto tiempo alguien dice “psiquiatra” y todo el mundo cambia de lugar. Es bastante caótico y divertido, sobre todo al ver la cara de los que intentan adivinar qué narices está pasando. El caso es que en una velada de Año Nuevo en Barcelona, a mi amigo M. le tocó descubrir de qué iba la historia. Las preguntas se supone que deben de ser chorras, es algo para pasar el rato. Había buen rollo. La cuestión es que M. empezó a hacer preguntas bastante serias, nada picantes, y a mitad del juego le preguntó a una persona si alguna vez había pensado en suicidarse. Hubo un silencio estremecedor y la respuesta estuvo a la altura de la dureza de la cuestión, a lo que siguió otro silencio de infarto. Dejo de haber tan buen rollo. Aquella noche el juego del psiquiatra no fue lo que se dice “muy entretenido”.

OIMAKU del Año Nuevo en Londres

OIMAKU del Año Nuevo en Londres. Mi novia y yo habíamos ido en autocar desde Southampton hasta Londres para recibir el 2008 desde el Támesis cuando, paseando por Portobello, nos encontramos a R., mi amiga de las clases de francés de la universidad. Una auténtica casualidad. Fuimos con ella a un bar a tomar algo donde nos robaron frente a nuestras propias narices la mochila en la que, por suerte, no llevábamos dinero pero sí un chorizo y una bolsa de pasta de estrellitas que habíamos comprado en una tienda de productos españoles. También había una bufanda que me hizo mi madre antes de marcharme. Comimos curry japonés en la calle y fuimos a ver la cuenta atrás al Támesis, lejos de la torre del Big Ben. Mientras lloviznaba y yo me cubría la cabeza con la bolsa de plástico donde nos habían servido los tuppers de curry, vimos la cuenta atrás proyectada en los edificios de la otra orilla. Había muchísima gente y un tipo pinchaba música a nuestras espaldas, en unos jardines. Estaba realmente feliz a pesar del robo. Luego nos despedimos de R. y fuimos a un pub con el metro y yo encontré una bufanda negra y gris en un banco, aunque me parece que estoy mezclando cosas de otro viaje. Puede que antes de las dos o las cuatro tuviéramos que coger el metro para llegar a la estación de autobuses porque terminaba el servicio. Acabamos mal durmiendo en la sala de espera de la estación. Tuvimos un gran follón porque en la mochila también estaba la hoja de reserva de los billetes de vuelta y tuvimos que suplicarle a un tipo pusilánime, gordo y vago que nos dejara subir, aunque no nos hizo ni caso. Por suerte, el jefe de los conductores de autocar, que nos había traído desde Southampton, se acordaba de nosotros y nos permitió subir. Fueron muchos los contratiempos pero recuerdo aquel Fin de Año con especial cariño.