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OIMAKU de la canción de mi primo en Galicia

OIMAKU de la canción que mi primo no paró de tocar durante el viaje que hice con mis tíos a Galicia. Rasgaba las cuerdas de la guitarra con fuerza y la cantaba en una espiral de rabia que sólo crecía a cada vuelta del estribillo. No estoy seguro si tanta vehemencia era causada por una reciente ruptura con una chica, a la que sólo conocí de nombre y cuyo asiento acabé ocupando de rebote en aquellas vacaciones. Lo cierto es que era una gozada escucharlo. La canción ha seguido en mi cabeza después de tantos años. En su día intenté buscarla por internet pero no di con ella. Mi primo, cuando le pregunté, tampoco la recordaba, menos cuando yo intentaba miserablemente tararearla. Para mi sorpresa, volví a probar suerte hace unas semanas y Google me la devolvió. Era “Tocaré” de Tahúres Zurdos. He vuelto a escucharla pero, aunque la letra no ha perdido un ápice de su energía, la angustia adolescente de aquel verano no ha regresado con ella.

OIMAKU de las pruebas del asma en el hospital militar

OIMAKU del día que tuve que ir a hacer las pruebas del asma al hospital militar para evitar la mili. Era el último año que era obligatoria. Aquello fue una broma, un broma con la que me acojoné. El hospital imponía respeto por su austeridad. Para medir la capacidad pulmonar, acostumbran a hacer dos mediciones, una en reposo y otra después de hacer ejercicio, y se contrastan. Habituado a las máquinas electrónicas, me quedé esperando el pitido de aviso o la señal de la enfermera, respirando con el tubo en la boca. Pero no hubo nada de eso. La enfermera me soltó con severidad marcial que a qué esperaba. Intenté explicarle que esperaba el aviso pero, sin dejarme hablar, me contestó que “eso lo hacéis para cansaros”. Tras la medición, me hizo salir al pasillo, donde esperé sentado con mi padre, para luego soplar una segunda vez. Había venido en chándal para nada. Volvimos a esperar en el horrible pasillo, y luego me hicieron pasar a un despacho donde estaba la enfermera y una doctora tras un escritorio de madera imponente. Me hicieron unas cuantas preguntas, con bastante mala leche. Todas iban con la misma insidia, como acusándome de ser un desleal por intentar eludir el servicio militar por un asma alérgica de nada que casi había llegado a matarme de pequeño. Después de tanto rollo, y con el culillo apretado, me libré de la  mili, pero por excedente de cupo.

OIMAKU del desvío inconsciente de mi mirada

OIMAKU de la vez que la compañera de clase que se sentaba detrás mío en el instituto me llamó. Era una chica con fama de borde, que siempre vestía muy puesta, con la que siempre tuve una relación distante pero cordial. La chica me tocó en el hombro y yo me giré. Fue para preguntarme algo acerca de lo que estaba explicando el profesor. El caso es que, al girarme, ella estaba apoyada sobre la mesa. Ese día llevaba una especie de traje de chaqueta gris muy fashion cuya chaqueta abrochada formaba un escote espectacular. Mientras mi torso rotaba, por el rabillo del ojo ya empecé a vislumbrar aquello, y mis pupilas descendieron automáticamente. Tengo una fotografía mental muy nítida al respecto. Subí la mirada en cuanto me di cuenta, rápidamente pero ya tarde. Ella acababa de formularme su duda. Yo me quedé mirándola fijamente, con cara de indisimulada culpabilidad, porque no me había enterado de nada: tenía todavía la mente ocupada por su escote. Sin apartarme la vista, noté cómo se le encendía una bombilla en sus ojos, se reclinaba hacia atrás y despegaba el pecho de la mesa. Entonces, me volvió a preguntar. Yo le respondí, ella asintió y me volví hacia la pizarra. No sabría decir qué me jodió más de aquel desliz de apenas unos segundos, si mostrar mi debilidad ante una chica que creo que en cierta manera me respetaba, o no haberme quedado más tiempo mirando aquel par de tetas espectaculares.

OIMAKU de la revista porno que le compré a un amigo

OIMAKU de la revista porno que le compré a un amigo porque le daba vergüenza. Tendríamos unos quince años. Como a mí no me daba corte, me dio el dinero para que la cogiera yo. Entré en mi librería de toda la vida, la tomé de la estantería y la pagué. No sentí ningún pudor porque me parecía normal. ¿Qué se suponía que hacíamos los adolescentes si no? Cuando volví, mi colega me esperaba impaciente al otro lado de la calle. Cuál fue la sorpresa cuando abrimos la revista y sólo vimos artículos llenos de letra y más letra y apenas una fotos elegantes de señoras desnudas. Mi amigo empezó a repetir “¿Pero qué timo es éste?” mientras se partía la caja al ver que a cada hoja que pasaba aparecían más y más artículos de vete tú a saber qué estupidez. Ya lo dijo Woody Harrelson en El escándalo de Larry Flint: el Playboy es una estafa.

OIMAKU del VHS de las tres pelis

OIMAKU de la cinta de vídeo que aún tengo grabada con tres de mis películas favoritas durante la adolescencia: Gattaca, Shine y Grandes Esperanzas. La primera me encantaba por su historia distópica sobre la eugenesia y la segunda por el protagonista genial pero acabado y loco interpretado magistralmente por Geoffrey Rush. La tercera me encantaba por la historia de amor masivo, lacerante y total entre Gwyneth Paltrow e Ethan Hawke. Llegó hasta tal punto mi culto por aquellas películas que la cinta en la que están grabadas fue una de las pocas, sino la única, que se salvó de la invasión del porno de aquellos años.

OIMAKU de la canción de los Manic Street Preachers

OIMAKU de la canción If you tolerate this, then your children will be next de Manic Street Preachers. Cuando sonaba en la radio o ponían el videoclip en la tele, siempre subía el volumen. Luego, me olvidé de ella hasta tal punto de no ser capaz de recordar el título completo. Esta mañana me ha venido a la cabeza mientras preparaba el bocadillo del desayuno y pensaba en lo muy permisivas que estaban siendo las familias católicas con los casos de pedofilia.