OIMAKU de la claraboya de Southampton

OIMAKU del piso de Southampton, donde viví con T. Era un adosado pequeño entre dos apartamentos cuya sala de estar recibía luz a través de la claraboya. Ésta hacía que la habitación fuera muy luminosa y que, cuando llovía, se escucharan las gotas golpear de manera triste, unas veces, de manera relajante, otras. Podía abrirse para que entrara el aire y así poder aliviar el calor de los días de primavera, pero no podía taparse. Así, cuando venían visitas y, por falta de espacio, debían dormir en la sala sobre una cama inflable, el sol de la mañana los despertaba. Cuando estrenamos el colchón, T. y yo nos quisimos dormir viendo el cielo estrellado a través de la claraboya, pero sólo vimos nuestros reflejos en el cristal, recortados en la oscuridad de la noche.

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