OIMAKU de la pinta que teníamos los tres

OIMAKU de la noche que fui a cenarcon D. y M. a un restaurante griego-sirio en el Eixample de Barcelona. Al salir, yo estaba descompuesto porque me había sentado mal la comida y me sentía morir: necesitaría dos Almax rato más tarde para poder calmar el malestar. Por su parte, M. iba piripi perdido porque se había pasado con el vino y ya en el restaurante había empezado a soltar comentarios comprometidos en voz alta. D., que se había comprado unas deportivas que le encantaban, las llevaba en la mano porque la pequeña molestia a la que no le había dado importancia al principio le destrozaba ahora los pies. Así íbamos los tres: uno doblado con la mano en el estómago a punto de potar, otro cantando y riendo y bailando en mitad de la calle sin vergüenza alguna y el último a paso ligero, fumando, con sus zapatillas nuevecitas colgando de la mano, en calcetines por una de las ciudades más sucias de España. Gran estampa familiar.

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