Archivos mensuales: enero 2018

OIMAKU de la avispa que me picó en L’Ametlla de Mar

OIMAKU del aguijonazo que me asestó en el pie una avispa traicionera. En septiembre de 2015 cogí una semana para hacer unas vacaciones low-cost con mi pareja. La jugada salió mal porque la meteorología no nos acompañó. Uno de los días que no llovió y que mejor podía estarse en la playa, decidimos ir a una brasería llamada Tomaset a hincharnos de carne. Nos sentamos en la terraza para aprovechar el buen tiempo. Yo iba con unos veraniegos zapatos de tela sin calcetines, que me quitaba y ponía en función del calor que tuviera. Justo cuando nos llegó la comida, volví a meter el pie derecho en el zapato. Sentí, entonces, un repentino dolor que me subió hasta el gemelo, causándome una especie de rampa. Miré hacia abajo y vi a una avispa enganchada a mi talón forcejeando por liberarse. Se debía de haber colado en el calzado y, viendo que mi pezuña se le venía encima, atacó con lo único que tenía: el aguijón. La desclavé haciendo palanca con el tenedor. Mientras pataleaba desorientada bocarriba en el suelo, la pise con odio, asegurándome que quedaba bien aplastada. Terminé la comida sin que las molestias hubieran hecho otra cosa que empeorar. Mi pareja tuvo que acompañarme al centro de atención primaria porque apenas podía caminar. Creo que me pusieron una inyección y me recetaron unas pastillas. El resto de la tarde, mientras ella disfrutaba de la espléndida tarde en el mar, yo me tuve que contentar con quedarme en la cama del hotel, descansando y leyendo no recuerdo qué.

OIMAKU de la avispa que comió de mi dedo

OIMAKU de la avispa que se posó sobre mi dedo índice un día de verano en el cámping. Tendría unos doce años y estaba comiendo con mis padres fuera de la caravana. Había acabado un muslo de pollo cuando apareció el insecto de la nada. Al ver que se detenía en mi mano, me quedé petrificado. Me había picado una de pequeño y recordaba el terrible dolor. El bicho, sin embargo, se limitó a devorar la grasa que quedaba en mi índice, haciéndome cosquillas. Era una sensación agradable, pero no me atreví a moverme. A los pocos segundos, se marchó y pude volver a respirar aliviado.  Pese al miedo que pasé, recuerdo aquel momento con gran fascinación. Ver cómo movía sus mandíbulas sobre la yema de mi dedo me pareció increíble.