Archivos mensuales: agosto 2012

OIMAKU de las pruebas del asma en el hospital militar

OIMAKU del día que tuve que ir a hacer las pruebas del asma al hospital militar para evitar la mili. Era el último año que era obligatoria. Aquello fue una broma, un broma con la que me acojoné. El hospital imponía respeto por su austeridad. Para medir la capacidad pulmonar, acostumbran a hacer dos mediciones, una en reposo y otra después de hacer ejercicio, y se contrastan. Habituado a las máquinas electrónicas, me quedé esperando el pitido de aviso o la señal de la enfermera, respirando con el tubo en la boca. Pero no hubo nada de eso. La enfermera me soltó con severidad marcial que a qué esperaba. Intenté explicarle que esperaba el aviso pero, sin dejarme hablar, me contestó que “eso lo hacéis para cansaros”. Tras la medición, me hizo salir al pasillo, donde esperé sentado con mi padre, para luego soplar una segunda vez. Había venido en chándal para nada. Volvimos a esperar en el horrible pasillo, y luego me hicieron pasar a un despacho donde estaba la enfermera y una doctora tras un escritorio de madera imponente. Me hicieron unas cuantas preguntas, con bastante mala leche. Todas iban con la misma insidia, como acusándome de ser un desleal por intentar eludir el servicio militar por un asma alérgica de nada que casi había llegado a matarme de pequeño. Después de tanto rollo, y con el culillo apretado, me libré de la  mili, pero por excedente de cupo.

OIMAKU de la canción de la mili

OIMAKU de la canción de la mili que me enseñó mi madre. Decía: “A las cinco de la mañana / tocan diana para formar / y el sargento que está en la cama / da por culo al capitán. / El capitán con la bandera / chupa polla al centinela / que es un maricón / y se la chupa a todo el batallón.” El respeto por los altos mandos y el corneta.

OIMAKU del limpialenguas

OIMAKU del utensilio que compró mi madre cuando era pequeño y que servía para limpiar la lengua. Era un mango de plástico azul de no más de un palmo. Parecía una raqueta de squash alargada pero sin cuerdas. Por el hueco había que meter la lengua, donde el marco hacía cuña para limpiar bien la parte central. Recuerdo que mi madre insistía en que debía utilizarlo porque, de lo contrario, las bacterias y microbios que me quitaba de los dientes al cepillar se quedarían dentro igualmente. Intentaba evitar utilizarlo a toda costa porque, al tener que introducirlo hasta el fondo de la boca y luego arrastrarlo hacia afuera sobre la lengua, me venían unas arcadas insufribles. Siempre acababa con los ojos llorosos retirando una “dañina” acumulación de baba blanca que, en realidad, nunca cesaba. Recuerdo que a veces me lo pasaba tanto que la lengua se me quedaba seca y áspera.