Archivos mensuales: noviembre 2010

OIMAKU del VHS de las tres pelis

OIMAKU de la cinta de vídeo que aún tengo grabada con tres de mis películas favoritas durante la adolescencia: Gattaca, Shine y Grandes Esperanzas. La primera me encantaba por su historia distópica sobre la eugenesia y la segunda por el protagonista genial pero acabado y loco interpretado magistralmente por Geoffrey Rush. La tercera me encantaba por la historia de amor masivo, lacerante y total entre Gwyneth Paltrow e Ethan Hawke. Llegó hasta tal punto mi culto por aquellas películas que la cinta en la que están grabadas fue una de las pocas, sino la única, que se salvó de la invasión del porno de aquellos años.

OIMAKU de la canción de los Manic Street Preachers

OIMAKU de la canción If you tolerate this, then your children will be next de Manic Street Preachers. Cuando sonaba en la radio o ponían el videoclip en la tele, siempre subía el volumen. Luego, me olvidé de ella hasta tal punto de no ser capaz de recordar el título completo. Esta mañana me ha venido a la cabeza mientras preparaba el bocadillo del desayuno y pensaba en lo muy permisivas que estaban siendo las familias católicas con los casos de pedofilia.

OIMAKU de un gag de La Trinca

OIMAKU de un gag de La Trinca. Creo que sucedía en la aduana de un aeropuerto donde Toni Cruz, el más alto, llegaba con un carro en el que transportaba una maleta enorme. El guarda de la aduana, Josep Maria Mainat, lo veía y, sospechando del tamaño del equipaje, se lo hacía abrir. Para sorpresa del guarda, la maleta estaba llena de prótesis de pechos. Flipado, el segurata empieza a tocarlos, y cada vez más fascinado, y más contento. Pero, finalmente, al apretar uno de ellos, se levanta de debajo de las prótesis una chica y le planta un guantazo en toda la cara. Surrealista y genial. Todavía me parto.

OIMAKU de la batalla de Rock Lee y Gaara

OIMAKU de la batalla de Rock Lee y Gaara en la serie de dibujos Naruto. Me provocó la misma fascinación que de niño sentía con Dragon Ball. El personaje de Rock Lee, inspirado en Bruce lee, y su sensei, basado en Jackie Chan, son la expresión máxima, llevada hasta la exageración histriónica, de la idea nipona de esfuerzo y sacrificio. Este combate fue unos puntos álgidos de una serie para adolescentes que ha ido decaído considerablemente. La animación de los movimientos y técnicas de lucha están muy bien conseguida, consiguiendo mantenerte pegado a la pantalla sin rayos ni kamehameha. Lo catalogaría de “épico” pero ya me ha quedado suficientemente freaky este recuerdo.

OIMAKU del Wacky Wheels

OIMAKU del videojuego de ordenador Wacky Wheels. Era una copia, o una coincidencia exagerada, del Mario Kart. Los conductores eran animales (un tigre, un dromedario, un tiburón). Para conseguir objetos debías atropellar a los erizos que había por el circuito. Si apretabas mucho rato el botón de disparar con el cargador vacío, aparecía un cubo de hielo para lanzárselo a tus rivales. El juego me reportó un vicio increíble con mi vecino, a quien en aquel momento le daba clases de repaso, tanto en el modo de carrera como en el de batalla. Acabamos quemándolo porque era una versión de prueba y sólo podíamos elegir a tres personajes y uno o dos circuitos. Tiempo después, salió gratis en alguna promoción de un periódico. Me lo compré ilusionado por probar las opciones bloqueadas pero cuando empecé a utilizarlo me pareció muy lento; los gráficos, un porquería; y me aburrí a los cinco minutos. Ahora debe de estar en algún rincón de algún armario.

OIMAKU de la manía de mi padre con el cambio horario

OIMAKU de una desquiciadora manía de mi padre con el tiempo. En marzo y octubre, cuando se pasa del horario de verano al de invierno y viceversa, suele pasarse dos semanas como mínimo dando la hora actual y la anterior. Siempre dice “Son las diez”, y seguido añade, “que en realidad son las once”, en el caso que fuera otoño. Se puede intentar razonar con él y que diga que, efectivamente, es una manía, pero esas dos semanitas no se las quita nadie.

OIMAKU del sueño del concurso radical

OIMAKU de un sueño que tuve. Estaba en casa de mi padre, aunque no era su casa real. Era otra que en el sueño yo consideraba su casa. Estábamos en el salón en penumbra, iluminados por la tele, y él me preguntaba si había visto el nuevo programa de la madrugada. Le contestaba que no y él me lo explicaba. Lo conducía Nacho Sierra, el ciudador de animales, pero nos referíamos a él como Nacho Vidal por una de esas tergiversaciones de los sueños, supongo que por no acordarme del nombre. El concurso trataba de que un hombre, joven o maduro, iba a participar con su novia y Nacho Sierra, el presentador, venía con su perro, un dogo alemán de color pardo con orejas en punta. Al final del programa, Nacho Sierra conseguía que el concursante prefiriera tirarse al perro antes que a su novia, en directo y frente las cámaras. El que resistía, ganaba. Cuando le preguntaba a mi padre cómo nadie podía hacerte cambiar a tu novia por un chucho y, encima, follártelo, me contestaba, mirándome con pasmo a causa de mi virulenta reacción, que los canes del programa parecían violentos pero que en realidad eran muy mansos. En ese momento, me fijaba que mi padre acariciaba un dogo alemán y comprendía que nadie había conseguido ni conseguiría jamás ganar aquel maldito concurso. Me desperté asqueado y aterrorizado al mismo tiempo, consciente de que mi pesadilla todavía podía hacerse telerrealidad.