Archivos mensuales: enero 2010

OIMAKU de la duda informática de M.

OIMAKU de la llamada de M., licenciado universitario, una tarde que estaba charlando con J. en un bar cerca de mi casa. “Es que me han pasado un CD y quiero copiar unas imágenes”, me dijo. “Ah, para copiar fotos en un CD debes utilizar Nero” le respondí. “No, no,” corrigió “las fotos están en el CD y lo que quiero es copiarlas en el escritorio”. Me quedé de piedra.

OIMAKU de mis botas favoritas

OIMAKU de mis botas favoritas en el cubo verde de la basura de la casa alquilada de Southampton, después de casi dos años poniéndomelas cada día, paseando por los parques o saliendo de noche, en el trabajo o de excursión con mi padre en la montaña, mojadas por la lluvia, quemadas por el sol, manchadas por el barro, marcadas por unas traicioneras gotas de lejía, desgastadas y rotas de la suela, con la piel arrugada y cuarteada como un anciano centenario después de todos los pasos dados, después de todos los lugares visitados. Allí, en aquel cubo sobre el que se derramaba el cielo inglés con su desolador clima, una mañana, se acabó su camino.

OIMAKU de la opinión de mis padres

OIMAKU de las opiniones dispares y extremas de mis padres acerca de mis dibujos cuando era pequeño. Mi madre cogía el papel y cantaba los maravilloso que era, me felicitaba y acababa por abrumarme, llevándome a pensar que tampoco era para tanto. Mi padre, en cambio, lo miraba y emitía un “muy bien” con una sonrisa, para luego añadir un “ya irás mejorando”, comentario con el que me alejaba refunfuñando, repitiendo para mis adentros que el dibujo no estaba tan mal.

OIMAKU de la pinta que teníamos los tres

OIMAKU de la noche que fui a cenarcon D. y M. a un restaurante griego-sirio en el Eixample de Barcelona. Al salir, yo estaba descompuesto porque me había sentado mal la comida y me sentía morir: necesitaría dos Almax rato más tarde para poder calmar el malestar. Por su parte, M. iba piripi perdido porque se había pasado con el vino y ya en el restaurante había empezado a soltar comentarios comprometidos en voz alta. D., que se había comprado unas deportivas que le encantaban, las llevaba en la mano porque la pequeña molestia a la que no le había dado importancia al principio le destrozaba ahora los pies. Así íbamos los tres: uno doblado con la mano en el estómago a punto de potar, otro cantando y riendo y bailando en mitad de la calle sin vergüenza alguna y el último a paso ligero, fumando, con sus zapatillas nuevecitas colgando de la mano, en calcetines por una de las ciudades más sucias de España. Gran estampa familiar.