Archivos mensuales: diciembre 2009

OIMAKU de las campanadas del 2007

OIMAKU de las campanadas de fin de año de 2007, embutido en la multitud de gente que llenaba la orilla del Támesis, con T. y con R., a quien nos habíamos encontrado de pura casualidad callejeando por Portobello unas horas antes, y con una bolsa de plástico que me cubría la cabeza de la lluvia londinense que caía leve pero insistente. Estábamos demasiado lejos de la torre del Big Ben para oír el reloj pero vimos reflejados en los edificios del otro lado del río los números gigantes de la cuenta atrás. “Six!… Five!… Four!…” Fue el Fin de Año más divertido y feliz que puedo recordar.

OIMAKU del pollo al horno que hizo mi madre

OIMAKU del pollo al horno que hizo mi madre un mediodía, absolutamente fabuloso, con un toque de limón y hierbas que se deshacía en la boca. La recuerdo agachándose a comprobar el ave, rociándolo cuidadosamente con una pera llena de zumo de limón. Era la primera y única vez que lo hizo y no supimos cómo poner bien el asta para que no quedara torcida, de manera que no giraba de manera adecuada, sino de manera más bien torpe y a duras penas bajo la luz amarillenta del horno que no dejaba de mirar como extasiado. Como una especie de milagro, atribuible al sagrado don culinario de mi madre, aquella carne salió jugosa y tierna, siendo de pollo, sin necesidad de ningún tipo de guarnición. Nunca en la vida he probado un pollo tan bueno.

OIMAKU de mis primeros dibujos de Mortadelo

OIMAKU de mis primeros dibujos de Mortadelo, de cómo empezaba haciendo las gafas, luego, la nariz y la cabeza; con la oreja hecha, trazaba la varilla de las gafas y los ojos; finalmente, remataba con la boca y el alzacuellos. Me sorprende este recuerdo no sólo por su exacta claridad sino porque mi punto de partida era la nariz y no los ojos o la cabeza. Esto descoloca totalmente los pasos que utilizo ahora para realizar cualquier caricatura.

OIMAKU del primer beso con T.

OIMAKU de la primera vez que besé a T., junto a su coche y en mitad de un descampado horrible donde se escuchaba la música apopléjica de las discotecas. El beso me salió fatal y estaba destrozado por dentro, por la torpeza, por el miedo, por el frío y la vergüenza. Ella, tranquila, sonriente, me pasó los brazos por el cuello y me dijo: “Repitámoslo”, y el beso quedó bordado.